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domingo, 15 de mayo de 2016

Por qué hay 46 dominicanos pidiendo asilo político en Grecia

¿Cómo terminaron 46 ciudadanos de República Dominicana pidiendo asilo político junto a miles de refugiados sirios en Grecia, a más de 9.000 kilómetros de su tierra?
La respuesta a esta pregunta está en algún lugar de la colina pelada donde está ubicado el gigantesco centro de recepción de refugiados de Moria, en la isla de Lesbos.
Los solicitantes de asilo esperan en el campo de Moria.Pero, para encontrarla, primero hay que negociar el intrincado laberinto de tiendas de campaña y barracas prefabricadas donde el gobierno griego alberga a miles de solicitantes de asilo llegados acá por el mar Egeo.
“Actualmente hay entre 3.500 y 4.000. La verdad es que es imposible saber exactamente cuántos”, me dice el director del centro, Spyros Kourtis, mientras caminamos hacia una zona del mismo donde cree podremos encontrar lo que estoy buscando.
“La mayoría son sirios, pero también hay muchos de Libia, Afganistán, Pakistán, Nepal y últimamente de India”, explica.
Y encontrar entre ellos también a ciudadanos dominicanos fue una sorpresa.

“Actualmente hay entre 3.500 y 4.000 (solicitantes de asilo). La verdad es que es imposible saber exactamente cuántos”

Spyros Kourtis, director del centro de detención de Lesbos

“Para nosotros es como si fueran del Polo Sur”, le dice Kourtis a BBC Mundo.
Y el intenso calor del mediodía ayuda a reforzar la sensación de lejanía que quieren transmitir sus palabras.
Con España como objetivo
Efectivamente, a vuelo de pájaro hay 9.261 kilómetros de distancia entre Santo Domingo –la capital de República Dominicana– y Mitilene, la capital de Lesbos.
Y para entrar a Europa desde el Caribe por el este de Grecia no sólo hay que dar un inmenso rodeo: en los últimos dos años la llamada ruta del Mediterráneo ya se cobró unos 8.000 muertos.
¿Qué lleva a los dominicanos a correr semejante riesgo y convertirse así en protagonistas involuntarios de la crisis de migrantes más grande de la era moderna?
“La búsqueda de un bienestar”, me dice Kelvin, (no es su verdadero nombre), a quien encuentro protegiéndose del sol del mediodía en una pequeña tienda de campaña en Moria junto a tres de sus compañeros.
“El de nosotros es un país difícil. Es un país que se cogen penas, se coge lucha”, explica este nativo de Santo Domingo.
“Y uno viene aquí a trabajar, a hacer algo”, asegura.
Cuando dice “aquí”, sin embargo, ni él ni sus camaradas se refieren a esta boscosa isla de 80.000 habitantes que viven del turismo y la agricultura; ni tampoco a Grecia.
“La idea era llegar a Europa. Si Dios quiere y lo permite, tener chance de coger para España”, admite Kelvin.
Y dentro de la pequeña tienda los demás asienten.
El factor Turquía
Efectivamente, según cálculos de la Unión Europea hay más de 170.000 dominicanos en el continente europeo y la inmensa mayoría (más de 130.000) residen en España, su segundo destino en el exterior después de EE.UU.

“La idea era llegar a Europa. Si Dios quiere y lo permite, tener chance de coger para España”

Kelvin, migrante dominicano

“A uno le pintan cosas: que vueles a Turquía porque así ya estás cerca de Europa, que esto, que lo otro. Te dicen: ‘Dame tanto que yo te voy a hacer llegar ahí’, te dicen que va a ser fácil encontrar trabajo”, le dice a BBC Mundo Kelvin.
“Pero la persona que me mandó, si yo la conociera, tendría problemas conmigo, porque esta pela que estoy pasando es desagradable”, se queja.
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El ecuatoriano de Lesbos
Además de República Dominicana, Ecuador es el único otro país latinoamericano cuyos ciudadanos no requieren visa para entrar a Turquía, pero sí a la Unión Europea.
Pero en el centro de registro de migrantes de Moria, en Lesbos, solamente hay un ciudadano ecuatoriano: José Espinoza, de 37 años.
“Yo tenía siete años viviendo en Turquía. De hecho hablo turco perfectamente”, afirma Espinoza.
“Pero quería cruzar a Europa porque la cosa se está poniendo fea allá. Puras bombas es ese país”, le dijo a BBC Mundo.
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Un cruce riesgoso
El sentimiento de haber sido engañados, por los traficantes o sus intermediarios, es una constante entre los dominicanos que intentan el viaje.
“Te dicen que vas a cruzar una fronterita, un río. Pero son cuatro horas en el mar”, cuenta Rommel (tampoco es su verdadero nombre), quien como Kelvin ya pasa de los 30 años.
“Son muchos los que se han ahogado”, agrega.
Como todos los que están en esta tienda, Rommel también voló a Estambul, y después de pasar algunas semanas en Turquía cruzó el mar Egeo hacia Lesbos de noche.
Y, como todos aquí, también fue interceptado por los guardacostas griegos antes de tocar tierra.
“Es muy raro que el que hace la travesía llegue a la orilla”, se suma a la conversación un tercero, que pide identificarlo bajo el apodo de Nene.
Ninguno aquí quiere que se publique su verdadero nombre, aunque estos ya fueron dados a conocer públicamente por el Ministerio de Relaciones Exteriores de República Dominicana.
Tampoco quieren fotografías.
Y su aprehensión es tal que no me permiten siquiera hacer fotos de lo que parecen detalles inocentes de su pequeña tienda: los zapatos que se amontonan a la entrada, la bolsa en la que guardan algunas naranjas...
“Tengo poca ropa, así que me pueden reconocer por eso”, me dirá más tarde otro, llamado Ramón, cuando le propongo retratarlo de espaldas.
A merced de los traficantes
Puede que sea la vergüenza del migrante ilegal.
Pero tal vez es simple precaución para evitar represalias de las redes de traficantes que llevan años introduciendo a dominicanos de forma ilegal a la UE por Grecia desde Turquía, a menudo forzándolos a involucrarse en otras actividades ilegales.
En marzo de 2011, por ejemplo, 69 mujeres y 16 hombres fueron repatriados desde Grecia a República Dominicana por haber ingresado ilegalmente al país heleno.
Y en esa oportunidad, varias de las repatriadas denunciaron haber sido forzadas a dedicarse a la prostitución luego de haber sido engañadas con promesas de empleo en España.
Lo mismo declararon también las 14 mujeres liberadas por la policía griega en julio de 2013, como parte de un operativo contra una red internacional de tráfico de dominicanas.
La operación, bautizada Acrópolis-Caronte, se saldó con la supuesta desarticulación de la banda y el arresto de 73 personas –incluyendo numerosos dominicanos– en Turquía, Grecia y España, en noviembre de ese mismo año.
Pero todo, sin embargo, indica que la ruta a través de Turquía sigue abierta.
Sólo que el mayor control en las fronteras luego del acuerdo suscrito entre Turquía y la UE para enfrentar la crisis de migrantes está haciendo más complicado el trayecto.
La ruta de Lesbos
Es también por eso que más y más dominicanos están pasando por islas como Lesbos.
La cancillería dominicana le dijo a BBC Mundo que sabe que 46 personas han solicitado asilo político en el centro de Moria y que también conoce de 6 dominicanos en la isla de Kos, también cercana a Turquía.
Pero esa es sólo una pequeña muestra.
Funcionarios de la Autoridad Portuaria de Lesbos estiman que desde inicios del año a la fecha ellos han interceptado a unos 150 dominicanos.
Y mientras el número total de refugiados se ha reducido de forma significativa en los últimos dos meses –pasando de miles todos los días a no más de 50 diarios, y en algunos casos cero– el número de dominicanos parece ir en aumento.
De hecho, los operadores de servicios de transferencias de dinero en Mitilene dicen recibir visitas de ciudadanos de República Dominicana todos los días.
“Es algo que empezamos a notar sobre todo a partir del mes pasado”, le dice a BBC Mundo Dmitris Kotrotsios, de la agencia Mytonis Travel, donde opera una sucursal local de Western Union.
“De hecho, la mujer que se acaba de ir era de Dominicana”, me cuenta.
Pero cuando salgo corriendo a la calle a buscarla, ya no la veo.
No está en el paseo que rodea la pequeña bahía en la que hay atracados algunos veleros, ni en ninguno de los pintorescos cafés que observan el puerto.
Movimiento libre
¿Cómo reconocer a otros posibles dominicanos? ¿Dónde encontrarlos?
Mientras recorro las apretadas calles de Mitelene caigo en cuenta de que físicamente muchos no deben ser muy diferentes de los migrantes sirios, libios o africanos.
Y, de hecho, también conozco dominicanos que, a juzgar por lo que veo aquí, también podrían pasar por griegos, aunque dudo que, como ellos, acostumbren frecuentar los restaurantes y bares de la zona del puerto.
Después de 45 días, los solicitantes de asilo pueden obtener un documento que los autoriza para moverse libremente por la isla, pero el dinero es escaso.
Y lo que me intriga es la posibilidad de que todavía haya dominicanos que logran llegar hasta aquí sin ser interceptados por las autoridades.
Si ese es el caso, ¿cómo se comportan? ¿Qué hacen? ¿Y cómo siguen desde acá ahora que hay tantos controles?
La recién llegada
Las respuestas me las da Carolina, de 23 años, quien llegó desde Turquía hace nada más cuatro días, junto a otros 12 dominicanos.
“Yo paso la mayor parte del tiempo en el cuarto (del hotel), aunque he salido un par de veces, cuando no me ha gustado la comida que he encargado”, cuenta.
“Pero hay algunos que nunca salen”, me dice luego de que la abordo a la salida de una sucursal de Western Union.
Carolina se dice dispuesta a tomar las cosas con calma antes de proseguir un viaje que, en su caso, tiene como destino la isla griega de Rodas, donde vive su madre.
Pero confiesa que una de sus compañeras de trayecto va a intentar seguir rumbo a España mañana, a pesar de que el día anterior otra de sus amigas fue capturada cuando trataba de embarcarse hacia Atenas con documentos falsos.
Al día siguiente, Carolina me confirmará que su amiga logró llegar a España.
Y en el vuelo de regreso a Atenas identifico a por lo menos dos dominicanos: al menos hoy no hay nadie en la caseta de control migratorio a la entrada de la sala de embarque.
Y al tratarse de un vuelo nacional la aerolínea comprueba la identidad, pero no la existencia de un visado
Junto con Carolina, hacemos un cálculo de cuánto ha gastado hasta la fecha y rápidamente superamos los US$9.000 sólo en lo pagado a los traficantes.
Es mucho más de lo que le habían dicho cuando empezó el viaje, que ella también se había imaginado muy diferente.
Y a eso se le debe sumar lo gastado en alimentación y hospedaje en 45 días de camino, los que ha podido cubrir gracias a la ayuda de sus padres.
Pensando en el regreso
Y ese sentimiento también parece predominar entre los dominicanos de Moria.
“Yo no puedo regresar porque allá debo demasiado dinero y me pueden picar (matar)”, afirma uno de ellos para justificar la solicitud de asilo en la que la mayoría han depositado sus esperanzas.
Y, de hecho, según la cancillería dominicana, solamente tres dominicanos en Lesbos han aceptado su oferta de gestionar una repatriación voluntaria.
Por lo que cuentan Kelvin y sus compañeros, sin embargo, todo sugiere que la solicitud de asilo político de muchos no es sino una maniobra desesperada que parece condenada al fracaso.
Frente al masivo flujo de migrantes que buscan entrar a su territorio, la UE está privilegiando a los sirios que huyen de la guerra, y bajo los términos del reciente acuerdo con Turquía será este país el que tendrá que lidiar con solicitudes como las de Kelvin.
Y ni la situación política, ni los grandes indicadores de la economía dominicana, sugieren que Turquía vaya a hacer otra cosa que eventualmente repatriarlos.
Dice mucho del país caribeño, sin embargo, que, según las encuestas, uno de cada dos dominicanos diga que si pudiera irse del país lo haría.
De hecho, son muchos los que lo están haciendo.
Y, en el fondo, esa es la principal razón por la que uno se puede encontrar a dominicanos arriesgado su vida a más de 9.000 kilómetros de La Española, en las azules aguas del mar Egeo.
Por: Arturo Wallace

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